CRIANÇAS PEQUENAS

Los primeros años son críticos para el desarrollo y establecen las bases para una buena salud y bienestar duraderos. Kilo a kilo, los bebés necesitan más nutrientes que los adultos para estimular su rápido crecimiento y desarrollo.[1]  En la primera infancia los sistemas inmune y neurológico todavía están en desarrollo y requieren un apoyo nutricional adecuado para luchar contra las enfermedades, desarrollar el cerebro y garantizar una visión sana. Durante la edad escolar, a los niños les salen los dientes definitivos, aumentan la densidad ósea que les acompañará durante el resto de su vida y siguen reforzando su rendimiento cognitivo. Los niños deben disponer de los nutrientes apropiados en la cantidad necesaria para el desarrollo sano de su cuerpo y de su mente.

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SALUD CEREBRAL

Mientras el cerebro sigue creciendo y desarrollándose a lo largo de la niñez y la adolescencia, mantener la salud cerebral mediante una buena nutrición es fundamental. Durante los años de escolarización, los niños sufren una tremenda transformación en cuanto a crecimiento físico, desarrollo intelectual, aprendizaje social y asentamiento de destrezas. Una nutrición óptima impulsa un desarrollo sano del cuerpo y de la mente, lo que prepara al niño para que desarrolle todo su potencial. Diversos estudios han demostrado que la nutrición puede mejorar el rendimiento académico en niños en edad escolar y ayudarles a alcanzar su potencial mental y cognitivo.[1] Los micronutrientes que desempeñan papeles importantes en el rendimiento del cerebro y en el aprendizaje incluyen las vitaminas B, el hierro y el omega-3 DHA.[2]

SALUD INMUNOLÓGICA

Las interacciones cotidianas con otros niños, por ejemplo en el parque o en la guardería, ponen a prueba al sistema inmune en desarrollo del niño. La mayoría de los padres de niños en edad preescolar conocen la frustración de cuidar a sus pequeños tras contraer infecciones frecuentes como catarros, resfriados, gripe, conjuntivitis, otitis y faringitis. Esto sucede porque el sistema inmune inmaduro todavía está aprendiendo a reconocer y responder a diversos gérmenes y, en consecuencia, los niños pequeños son más susceptibles a las enfermedades y tienen infecciones más frecuentemente que los adultos.[1]  Una nutrición apropiada es esencial para desarrollar una respuesta inmune eficaz. Los niños pueden estar en riesgo de deficiencia de nutrientes que contribuyan a su inmunidad, por ejemplo las vitaminas A, C, D y E; los minerales hierro, zinc y selenio; y el omega-3 DHA.[2] Una ingesta y acumulación inadecuada de estos nutrientes puede conllevar un sistema inmune deprimido, lo que puede predisponer a los niños a contraer infecciones y contribuir a su malnutrición.

SALUD OCULAR

La primera infancia es un periodo de rápido desarrollo del ojo en el que la agudeza visual mejora hasta alcanzar niveles análogos a los de los adultos hacia los cuatro años. Unos ojos y una visión sanos desempeñan un papel fundamental en cómo los niños aprenden y perciben el mundo que los rodea. Un correcto equilibrio de nutrientes es esencial para un desarrollo ocular óptimo. La escasez de nutrientes clave puede conllevar problemas de visión y retrasos en el desarrollo. Los nutrientes que contribuyen a la salud ocular en los niños incluyen el omega-3 DHA, la luteína, la zeaxantina y las vitaminas C y E.

SALUD ÓSEA

Para contribuir al rápido crecimiento del cuerpo de los niños, es importante asegurarse de que alcanzan niveles óptimos de vitaminas y minerales para maximizar su masa ósea máxima. La masa ósea máxima determina la resistencia y la proclividad a las fracturas óseas. Una nutrición apropiada da como resultado una mayor masa ósea durante los primeros años, lo que sienta las bases para mantener la salud de los huesos a lo largo de la vida.[1] Los nutrientes clave para la salud de los huesos incluyen minerales como el calcio, el fósforo, el flúor, el magnesio y las vitaminas C, D y K.

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REFERENCES:

1.  Thurnham, D. I., et al. (2005). “Micronutrients in childhood and the influence of subclinical inflammation.” Proc Nutr Soc 64(4): 502-509
2..  Schuchardt JP, et al. (2010) Eur J Pediatr 169:2;149-64